martes, 1 de marzo de 2011

Sobre los algunos cuentos que soñaron...

Algunos de los cuentos que integran este conjunto son:

Luz (Revista Axolotl Nro. 20) – Así comienza: “El rectángulo de luz amarilla y tu silueta recortada. Allí, en la cavidad, en el paréntesis que abre y cierra el marco de la puerta. Te alzás el cabello estirándolo, despreocupada, para amarrarlo después, tras la nuca, y acariciarlo una vez más antes de seguir, desnuda, camino al baño. Admiro absorto tu cintura, el encanto de las curvas pronunciadas, la preciosa redondez de tus glúteos. Yo venía de un entresueño de brumas y niebla, escapaba. Todo para verte un instante allí, extática, y luego desaparecer, despacio, por el corredor que lleva a las otras dependencias: al estudio, al comedor, al balcón sin cortinas que mira a la calle…”

        No entres por el sesgo (Revista El Anillo Invisible Nro. 10) Una historia hípica -no épica- narrada por mi cuñado puede servir para disimular el vacío de inspiración: “La historia no es mía, pero supongo que no importa porque ya sabemos cómo es la ley: la historia se la queda el que la escribe. Lo aclaro por el riesgo de tropezar con alguna imprecisión, involuntaria por supuesto, y que otro más entendido –no es difícil, por cierto: del asunto ignoro casi todo y el “casi” es lo que, a continuación, toco de oído– impugne desde su idoneidad algún un error; pero no me arrugo.
Digamos que me lo contó una tarde, en el patio de la casa de Chalo, y que lo hizo para fumarse un negro y que yo le convidara con mate; o para distraerme porque, si no me equivoco, me había apartado para leer, sin interrupciones, “La muerte y la niña”. La causa, entonces, es superflua y, a él, para negarle una identidad más sólida, lo llamaré Luis y alcanzará con agregar que es mi cuñado…”
El plagio (Revista eÑe –España-) Un intento de abordar al otro, a lo desconocido… plagiando: “Cargado con sus hombres, todavía más extraños con esa imposible expresión satisfecha en los rostros, el bote oscilaba junto a la carabela inmóvil. Demorada, la oscuridad se iba condensando en un bostezo de noche. Recortada tras el esquife, la luna era un grumo impasible velando el vaivén de las olas. Él, ejerciendo su derecho, se apresuró a trepar hasta el navío porque el júbilo, la alegría grosera de la tripulación le parecía irracional, de una irresponsabilidad sediciosa. A pesar de que en torno, en la cubierta, se palpitaba la fiesta, el vino viril de las sierras y las canciones que recordarían lo que el mar, tanto mar, alejaba, caminó con determinación a refugiarse en la cabina. Del castillo de popa, le llegó la voz exultante del escribano que, repitiendo su nombre, intentaba detenerlo. Cerrando con un golpe el portillo, permaneció a oscuras, respirando aquel olor próximo, familiar: el de sus libros y sus ropas, el de su cuerpo ansioso que, por días y noches había encontrado allí, un hogar, una patria…”

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