domingo, 1 de junio de 2014

Sonidos que enloquecen

Visto desde cierta altura, no pasa de una plancha marrón que se desliza sacudiendo el peso que arrastran sus espaldas: un carguero, varios veleros libres. La terraza del Parque España es un atalaya excelente para apreciarlo y desconfiar de las leyendas que lo esbozan indómito e impredecible. Si uno mira atrás, la ciudad se recorta como galeras de cemento que asoman sus copas mezquinadas por el follaje. Siento que ella puede ser más feroz que cualquier río.

Mi guía, el hombre que me citó, dice que estamos en el precipicio de los perros, en el trampolín desde el cual, años atrás, tomaban impulso y saltaban al vacío. Se estrellaban abajo, en la plancha de cemento de la obra inconclusa. No existen registros porque los animales, como los hombres que el sistema escupe, no caben en las estadísticas. Pero fueron muchos, afirma. Habla de cientos, quizás miles. Le pregunto por qué dejaron de suicidarse los perros. Me responde que el misterio no es la interrupción de la anomalía, sino la causa: por qué entonces corrían ciegamente y se lanzaban a la muerte.

Ahora, la construcción está terminada y la gente pasea sobre ella, en bicicletas, o trotando los corredores y también juegan los niños. Mientras me obliga a seguirlo, habla de una máquina sonora, un artificio demoníaco que emitía un sonido que solo los perros, gracias a su oído fino, captaban y perdían el instinto de vida. Él cree que fue un experimento, que su dueño ha alterado la frecuencia para que aquel afecte ahora a otros seres. Le pido que explique cómo lo sabe, pero finge no oírme.

Llegamos a un declive, un sitio inaccesible, pese a su proximidad, para los paseantes y los deportistas. Haciendo equilibrio entre los árboles y la basura, quedamos al filo de la barranca. Abajo se ve el agua y bloques de hormigón de un muelle demolido. Entiendo el peligro al que me expongo: un paso en falso sería el último de mis días. Lo sigo por una escalera improvisada, paralela a la barranca. Lo sigo, pero de pronto desaparece. Está en cuclillas, en un orificio que se abre en la pared vertical. Voy detrás de él como antes estuve encima, mientras descendíamos.

Es increíble que ese pasadizo este allí, tan cerca y tan escondido. Mi linterna se choca con la forma de su cuerpo que avanza. Es poca la distancia que recorremos, pero falta el aire, se respira la asfixia de las entrañas de la tierra. Desembocamos en un hueco. Hay ahí un enorme generador y una máquina como un lavarropas pero con cables que ascienden y se pierden en el techo de tierra negra. Mi guía enciende el generador y brota una luz tenue, desmayada.

Advierte que esa fue la causa de la locura de los perros, antes, en los noventa. Nada se presupone en mi oficio. Para mí, la verdad no es sospecha sino empiria y se precisa ver para. Por eso, tras observar la máquina, acciono un interruptor escondido. Ese aparato indefinible tiembla, se estremece mientras los cables que trepan se agitan como si algo subiera por ellos. Un ruido, el sonido. Un instante, y oímos gritos, arriba, en la superficie. Es la gente que pasea, supongo, que perturbada por el sonido, como antes los perros, enloquece. Algo pasa. Algo está pasando y al mirar por el hoyo que atravesamos, veo pasar como un flash, una sombra, un bulto que reconozco humano. Y luego otro, y otro, como una lluvia de suicidas. Desesperado, me vuelvo para apagar la máquina y encuentro a mi guía que me apunta con un arma, y sonríe:

-Nunca creí que sería tan sencillo: buscaba un cómplice y me encontré con un culpable. Es increíble.

jueves, 17 de abril de 2014

Gabo frente al pelotón

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Y, ahora, nosotros nos acordamos de él, de Gabriel García Márquez, y todos los que amamos y vivimos la literatura, en cualquier espacio, necesitamos plasmar nuestra semblanza. Así que, justamente, por un tiempo, todos vamos a hablar de Gabo. En tono de elegía, de admirado obituario, de sentida despedida. No van a faltar las palabras de quienes lo conocieron, de quienes fueron sus amigos o trataron con él; las anécdotas que darán cuenta de su personalidad, de sus opiniones políticas, de sus inéditos. Algunos harán hincapié en su aporte al periodismo y otros volverán a glosar su comprometida intervención cuando, en 1982, subió a recibir el Nobel. Otras voces contarán el periplo que tuvo que recorrer él y su gran novela, Cien años de soledad, antes de publicarse y convertirse en, quizá, la mejor novela sudamericana. En fin: estamos vivos y vivimos para contarla.
Gabriel García Márquez perteneció al grupo de escritores que se agrupa dentro del llamado Boom Latinoamericano, quizás la última situación de coincidencia en estas tierras entre la literatura y el mercado. Esa feliz correspondencia permitió que una narrativa excelente alcanzara a millones de lectores y que hoy, su deceso a los 87 años, ocupe todas las primeras planas.

Yo no conocí al hombre Gabriel García Márquez. Por fotos, por supuesto, pero en especial por sus palabras. Recuerdo que ingresé en su obra por Doce cuentos peregrinos y que la sensación que me produjo “Sólo vine a hablar por teléfono” todavía me acompaña. El encierro de María de la Luz Cervantes, la mujer que entra al manicomio para hacer una llamada, me llevó a pensar la frágil frontera que divide a los cuerdos de los locos. Tópico sobre el que, a diario, tenemos más de una situación para volver a reflexionarlo.
A ese ejemplar de los doce cuentos, que leí en 1993, lo perdí porque lo presté y nunca me lo devolvieron. Con los libros de García Márquez me sucedió en varias oportunidades. Porque cada vez que un amigo, conocido o alumno me pedía prestado un buen libro, una lectura que lo atrapara, yo recurría a alguno de los títulos infalibles de Gabo. Con tanto éxito que a muchos no volví a recuperarlos. Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera –llevada al cine en 2007 bajo la dirección de Mike Newell-, Relato de un náufrago. A todos volví a comprarlos.
El que conservo y que no sale de mi casa es Cien años de soledad. Ese sí: lo recomiendo pero no puedo prestarlo. No tiene nada de especial, es la edición 2003 de De bolsillo, pero en sus páginas se reflejan, con comentarios sobre los márgenes, mi extasiada admiración por una historia sencillamente formidable. Por la profundidad y los avatares de sus personajes, por la intensidad de algunos episodios, por cómo se concreta esa mirada que trasciende lo real y que la crítica denominó “realismo mágico”.
En su autobiografía, Vivir para contarla, también está presente esa mirada tan particular. Al recordar pasajes de su vida, todo lo que ve aparece transformado por el cristal de lo mágico. Al leerlo, recordándose recordar, me vuelve la certeza de que nada de aquello que pasaba frente a los ojos de Gabo parecía tan gris o cotidiano o insulso, como puede parecer a las miradas de los que no somos Gabo.

Pienso, por ejemplo, qué veríamos nosotros frente a un pelotón de fusilamiento. Tal vez solo la boca de los fusiles y los ojos ausentes de nuestros verdugos. García Márquez vio al coronel Aureliano Buendía, vio a través de los ojos del coronel Aureliano Buendía, y de ahí en adelante, escribió una novela y toda una obra que perdurará mucho más que cien años.

sábado, 12 de abril de 2014

La horda

Puede que la horda surgiera espontáneamente, sin preparación ni acuerdo previo por parte de sus componentes. Puede que la horda fuera una reacción regresiva a un estímulo o provocación, a un razonable descontento. Puede que la horda intentara formarse en múltiples ocasiones, y que no prosperara; puede, entonces, que tuviera antecedentes, una génesis, una prehistoria difusa e irrecuperable desde el presente de la ceguera.

sábado, 8 de marzo de 2014

Mi amigo, el escritor premiado

Un sencillo homenaje a mi amigo Marcelo Britos, por su premio de novela en el certamen internacional Sor Juana Inés de la Cruz, en México.
http://blogs.infobae.com/en-clave-literaria/2014/03/08/mi-amigo-el-escritor-premiado/


lunes, 3 de marzo de 2014

domingo, 16 de febrero de 2014

Justo ahora

Gracias a Sebastián Trillini, el relato Justo ahora presente en ¿Cómo acabar con la cultura?
Para leerlo, clic en:
http://acabarconlacultura.com.ar/?p=664

miércoles, 12 de febrero de 2014

Guerra contra el tiempo

Se tiende a juzgar que es una imprudencia pero claro, cualquiera puede opinar desde afuera con esa ligereza. Yo también, incluso, me pensé que se trataba de un instinto homicida reprimido o del rebrote de un impulso suicida. Nada de eso: están corriendo contra el tiempo y cada segundo cuenta como una píldora del antídoto contra la fatalidad. A todos nos indigna ver, más en alguna de las arterias principales o en los horarios pico, un coche del transporte público acelerando como un fórmula 1 en la recta final. O, desde otra perspectiva, encontrándonos dentro en calidad de pasajeros, nos hemos sacudido y manifestado nuestra furia, por una frenada bestial que nos hizo perder pie o golpear las costillas contra la férrea musculatura de un anónimo compañero de viaje. Hemos dicho, exteriorizándolo, o bien, los tímidos, para nuestro fuero interno: ¿hace falta ir a esa velocidad? ¿no ve todas las personas que expone, sin necesidad, a un riesgo muchas veces mortal?
            Ahí está el error de confundir, por ignorancia, la responsabilidad o el celo profesional con la temeridad de los imprudentes. Pablo Campas, vecino de La Sexta, hipertenso, diabético, depresivo y misántropo, jubilado anticipadamente a los 45 años, aproximadamente, aseguraba que la batalla nunca es proporcionada y que aquello que se ve en el macrocentro es el nada por ciento de lo que ocurre en los barrios. Las máquinas de los coches están programadas para que el recorrido se cumpla en una cantidad exacta de horas y minutos, y las violaciones, las demoras, cuestan caro porque traen consecuencias. No a los usuarios, ni siquiera a los choferes, aunque indirectamente ellos sufran los daños. Son las unidades, los colectivos, los que tras incumplir las exigencias del cronómetro empiezan a deteriorarse, a veces vertiginosamente. Todo depende de la gravedad de la tardanza, por supuesto, porque unos segundos de exceso son inofensivos pero, ya al minuto, el perjuicio se manifiesta, se torna evidente para los ojos atentos. Se desprende un guardabarros, o bien se afloja el paragolpes, o se rompen algunos asientos, o las luces traseras enloquecen hasta que se queman.  
            Por eso el apuro: los semáforos cruzados en rojo, las bocinas calientes, la puteada contra el dominguero o el ciclista, el grupo de émulos de los nazis que quedan desahuciados en las paradas, levantando el brazo mientras maldicen al ídolo que se fuga. Por eso, claro, por eso los frenazos bruscos, los cordonazos, las curvas subiendo a la vereda y el frenesí que electriza cuando el visor de la computadora de a bordo marca un número precedido por el signo menos, la indudable señal de que se está en falta. Por eso: porque el tiempo sigue su marcha inexorable y hay que acortar los lapsos, disputar los instantes como si fueran los decisivos y transgredir cada norma de tránsito que entorpezca la eficacia, el cumplimiento porque, como reza el refrán: en la guerra cualquier hoyo es trinchera.
            Los investigadores del CONICET advierten que, hasta que las carroceras locales no utilicen materiales más sólidos en los chasis, las unidades de transporte público de pasajeros seguirán sufriendo el desgaste y la ruina que provoca el transcurrir del tiempo. Como son científicos, es claro, solamente se expiden sin explicar demasiado la cuestión de fondo a la que sus conclusiones refieren. Algunos vecinos y las víctimas de los accidentes, en cambio, creen que si las máquinas se programaran extendiendo la duración de los recorridos, tal vez los conductores no necesiten recurrir a un modo de manejar que despierta tantas suspicacias como odios y desgracias entre peatones, pasajeros y ciclistas.

Sin embargo, me quedo con el testimonio de Pablo Campas, dicho sólo para mí, en su patio con níspero y dos perros sin raza.

─Yo he visto a mi coche, el 25 de la línea 107 roja, abandonado en el playón, crujir con un rugido inclemente y derrumbarse─ dice, recordando la jornada gris en que hombre y vehículo quedaron emboscados frente a la sede de la Gobernación, por un piquete que montaron los empleados de ATE─. Fue la media hora más dramática de mi vida. Entre la bronca y la incomprensión de la gente, el fervor de los manifestantes y el humo de los neumáticos en llamas, me torturaba y sufría anticipando la inminencia de la desgracia. Al terminar mi turno me dirigí al galpón, ya escuchaba en el motor, en los fierros, en cada tornillo, los redobles de la agonía. Llegué a bajarme y correr, antes de que ocurriera la catástrofe. Murió en mis brazos, casi, y después yo ya no pude ser el mismo. 

Federico Ferroggiaro

domingo, 2 de febrero de 2014

Relaciones pasajeras

Comparto un relato que recibió en 2013 una mención en el Concurso Literario Vicentin 2013.
Se puede leer desde acá: http://vicentinsaic.blogspot.com.ar/
Acá está la pista de pantinaje que cita el cuento:


viernes, 31 de enero de 2014

Grampa Yon

Un relato que soñó con tapa y logró su anhelo, alterado: la contratapa del Señales del domingo 26-1-2014.

Grampa Yon


Cuando papá tuvo su primer infarto, mamá dispuso que nos cuidara Grampa Yon. Hasta entonces él había sido una presencia difusa, una referencia negativa, la summa de los defectos y los disvalores.
            Sólo lo veíamos en Navidad, para los cumpleaños y el Día de Gracias, fiesta que acá no celebraba nadie que yo conociera. Digo bien: veíamos, porque él se instalaba en su silla y se dedicaba a beber en silencio generosas cantidades de cerveza. No hacía otra cosa, y si algún comensal lo impelía a hablar, buscaba la aprobación de mamá, para luego, en una jerga odiosa, soltar un parlamento confuso que clausuraba la charla.
            Yo me negué. Le dije que tenía catorce años y podía cuidarme solo, y que Mariel me haría caso. Ella no iba a discutir: durante el día no había problemas, pero de noche, mientras ella hacía guardia en el sanatorio, nos acompañaría un adulto: Grampa Yon. Me consta que lo convenció apelando a la lástima, las lágrimas y los ruegos. Escuché, escondido, su súplica y el reproche: you can´t be so selfish, dad! y la subsiguiente explicación sobre los horarios y tareas. Lo había conseguido, mamá, y no reflexionaría si era o no la mejor idea.

Grampa Yon llegó puntual con un bolsito azul y dos latas: una de corned beef y otra de arvejas. La cena, supimos al rato, y el menú se repitió durante los siete días que duró su tutela.
─Anda, muchacho, búscame el whisky que no sé dónde lo esconde tu padre.
─Yo tampoco sé… ─mentí para cumplir las instrucciones de mamá.
Resopló, el viejo, y se tumbó sobre la mesa a observarnos jugar al Scrabble. Al rato roncaba, y nos fuimos a dormir convencidos de que su debut sería también la despedida.
Pero volvió al otro día y, cuando le negué el whisky, encogió los hombros y dijo que tenía tantas ganas de beber como cuando patrullaba en Dong Ha. Mariel picó e inquirió: ¿dónde abuelo?, creyendo que la aclaración constaría de un par de palabras mordidas.
─Dong Ha, Vietnam del norte, julio del 66 ─se explayó mirándonos como si existiéramos, como nunca lo había hecho. Desde ese instante hasta que se durmió, habló de la selva, de la operación Hastings, de los chicos de la Compañía H, de emboscadas en la jungla y del olor a excrementos de las aguas. No lo interrumpimos salvo para que tradujera los pasajes que relató en inglés.
            ─No sabía que el abuelo había estado en la guerra ─dijo Mariel al ir a su cuarto.
            ─Yo tampoco, pero para mí que son todas mentiras.
La tercera noche sacó del bolsito una 45. La paseó frente a nuestra curiosidad y la manipuló mientras explicaba sus virtudes. Mariel preguntó si había matado a alguien. Sólo vietnamitas, dijo él y se deslizó en el asiento para tejer la historia de sus muertos. No recuerdo los detalles, pero sí la expresión de mi hermana siguiendo con placer ese relato que culminó con una ráfaga de M-1 y un enemigo que caía en los arrozales. A las doce nos ordenó acostarnos y nos retiramos procesando aquellas vívidas imágenes de fuego y sangre.
Papá mejoraba, pero mamá estaba exhausta. Al salir de la escuela, mi hermana y yo la esperábamos con el almuerzo para conocer las noticias de papá. Después, ella se iba a dormir la siesta o hablaba con los parientes que estaban tan ocupados. Yo la veía demacrada, triste, desesperada. Lo único que podía hacer era no sumar problemas y por eso le respondí que todo marchaba bien con Grampa Yon.
Esa noche trajo dos fotos. Una era de él, de uniforme, y en la otra se veía a un grupo de jóvenes posando alegres con sus armas. A mí ya me aburrían sus proezas bélicas, pero Mariel seguía fascinada. Me resigné, por ella y porque era la primera vez que él se comportaba como un abuelo. No el de Heidi, ni como esos que tratan de transmitir su sabiduría a los nietos. A su manera, que no era mucho pero que resultaba mejor que observarlo embriagarse como hacía en las fiestas. Mientras explicaba algo de la Línea McNamara, me distraje mirando la foto del grupo de soldados. Noté que estaba adherida en un cartón y, sin malicia, rasqué uno de los ángulos hasta levantarlo. En el reverso había un texto impreso y deduje que se trataba de una revista. Sí, era una ilustración de un fascículo, una imagen que había recortado para mostrarnos como prueba de sus historias. Decepcionado, los abandoné y me refugié en mi cuarto.
La quinta jornada la dedicó a sus heridas y presentó dos cicatrices feroces. La primera le cruzaba el vientre mientras que, la otra, estaba en la espalda, a la altura de los riñones. Se sabe que las heridas, todas, precisan un relato. Grampa quería contarnos los dos y ambos incluían Bell UH-1, Charlies saliendo de los túneles, explosiones y gritos de compañeros atravesados por las balas.
Era sábado cuando mamá quedó a solas conmigo y su cansancio recibía el estímulo de la esperanza. Papá había salido de terapia y se recuperaba. Su optimismo me autorizaba a interrogarla.
─Grampa Yon, ¿estuvo en Vietnam?
─No me hables de eso ─ dijo y me dio la espalda.
─¿Por qué?
─Nada, odio ese tema.
─Está bien, pero decime si al abuelo lo operaron de algo
─Apendicitis y cálculos renales ─me informó poniéndose de pie para marcharse.
Por la noche, Grampa Yon miró con nosotros una película. Se durmió antes del final y Mariel lamentó haber desperdiciado la velada con Cine de superacción de Canal 5. A la siguiente, para resarcirnos, habló de la condecoración que le había entregado el presidente Jhonson. La estrella de plata, dijo, un honor… vengan a casa si quieren verla. Yo había estado allí dos veces: una cueva oscura al final de un pasillo donde vivía rodeado de trastos y muebles, una pocilga que mamá había intentado vaciar y limpiar, sin éxito.

Y fui, no para resolver una duda si no para que se avergonzara de sus mentiras. Aguanté a que papá estuviera en casa, a que la calma hubiera regresado a la familia. Al salir de la escuela, me dirigí a la calle donde recordaba la puerta despintada del pasillo del abuelo. Toqué timbre y aguardé, oyendo el sonido de sus pasos en el corredor.
─Vine a ver la Estrella de Plata.
─¿Para qué querés ver algo que pensás que no existe?
─Para ver si es verdad ─arriesgué enfrentando sus ojos, sus arrugas, la brutal indiferencia con que empezó a cerrar la puerta en mi cara.

─Verdad o no yo ya cumplí, los cuidé siete noches así que dejame tranquilo ─me ordenó, y aunque volvió el Día de Gracias, en Navidad y a los cumpleaños, no nombró la guerra, ni sus heridas, ni la Estrella de Plata que mamá no encontró el día que, pocos años después, consiguió ir sin que él pudiera oponerse, a dejar su casa vacía y limpia.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Yo necesito

Yo necesito
Hay personas que fuman y otras que beben. Hay quienes se desesperan si no tienen, al acabar la cena, enroscado entre los dedos un cigarrillo. Otros, que han perdido el cabello por quedarse sin un vaso de doble wisky, u otro energizante parecido, una tarde de domingo y el super sin luz y con la reja. Los comprendo porque soy de ambos tipos. Hay también, personas que necesitan hablar y otras que necesitan querer o ser queridos. Hay los que toman diuréticos, insulina, anticonceptivos. Hay compulsivos a actualizar su facebook y descargar los power point que les mandan los amigos. Otros que miran películas. Hay gordos bautizados y otros anónimos, parientes no todos de los alcohólicos mentados algunos renglones más arriba. Hay comedores de pastillas de eucalipto, hay cristianos y judíos. Hay quienes consideran que algún dios puede salvarnos, tal vez el de la rima o el de las energías alternativas. Hay gente pa´ todo, como profetizaba el catalán, y entre tantos especímenes, tal vez alguno que quiera conseguir este libro.
A esos pocos, pero privilegiados, no tienen más que mandarle un mail al Ombú o a Nico (nicomanzi@gmail.com). Poner en campo asunto, “Cuentos que soñaron con tapas” y, para los que son de la tribu, agreguen “el libro del Fede”, en lugar del frío y enfático Ferroggiaro, Federico.  

martes, 10 de mayo de 2011

Nueva reseña de los cuentos que soñaron, etc.

Gracias Julieta.

Las historias del escribidor


Desde el título, Cuentos que soñaron tapas sugiere relatos de modestas intenciones. Sin embargo, el volumen gestado por Federico Ferroggiaro (Rosario, 1976) y recientemente publicado por la editorial rosarina El Ombú Bonsai, da muestras de una gran madurez literaria que en nada coincide con tal impresión.

miércoles, 16 de marzo de 2011

La primera crítica

Beatriz Vignoli, en el Rosario 12 del 16/03/2011, nos brinda la primera reseña que nos baña de optimismo. Gracias Beatriz!!!
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-27847-2011-03-16.html

viernes, 11 de marzo de 2011

En el horno

Así son los sueños de los cuentos que sueñan con tapas.
Nos metemos en la cocina -artesanal- del Ombú Bonsai para ver el proceso productivo -qué frase poco literaria- de los libros.
Bienvenidos...

Todo bien casero... ¡como las pastas de mamá!

martes, 1 de marzo de 2011

Sobre el libro

“Cuentos que soñaron con tapas” reúne seis relatos escritos entre 2004 y 2009. Si existe entre ellos alguna característica en común, es la de haber sido destacados en algún certamen literario o publicados en revistas que no circulan dentro del mercado local. Por lo demás, tanto en lo formal como en lo temático, los relatos son independientes y sin otra coincidencia que compartir la pluma (el teclado) del autor.
Los mismos se encuentran encabezados por unas “Palabritas introductorias” que pretenden dar cuenta del proceso de gestación y de los motivos que llevaron a su reunión en este volumen. Podría afirmarse, aunque con riesgo de error, que estas “Palabritas…” constituyen el séptimo relato, la yapa que acompaña a los cuentos.
A pesar de los requerimientos (nunca expresados, pero sí reiterativamente imaginados por el autor) de múltiples editoriales nacionales y extranjeras de adquirir los derechos sobre los cuentos y publicarlos, preferí que los “Cuentos que soñaron tapas" sean editados por “El ombú bonsai”, floreciente editorial local impulsada por Nicolás Manzi. La elección, que todavía juzgo acertada, se debió a que cada libro se realiza de forma artesanal y adquiere, como objeto-en-sí, un valor que supera al precio que se cobra para que el lector pueda acceder a él.

Sobre los algunos cuentos que soñaron...

Algunos de los cuentos que integran este conjunto son:

Luz (Revista Axolotl Nro. 20) – Así comienza: “El rectángulo de luz amarilla y tu silueta recortada. Allí, en la cavidad, en el paréntesis que abre y cierra el marco de la puerta. Te alzás el cabello estirándolo, despreocupada, para amarrarlo después, tras la nuca, y acariciarlo una vez más antes de seguir, desnuda, camino al baño. Admiro absorto tu cintura, el encanto de las curvas pronunciadas, la preciosa redondez de tus glúteos. Yo venía de un entresueño de brumas y niebla, escapaba. Todo para verte un instante allí, extática, y luego desaparecer, despacio, por el corredor que lleva a las otras dependencias: al estudio, al comedor, al balcón sin cortinas que mira a la calle…”

        No entres por el sesgo (Revista El Anillo Invisible Nro. 10) Una historia hípica -no épica- narrada por mi cuñado puede servir para disimular el vacío de inspiración: “La historia no es mía, pero supongo que no importa porque ya sabemos cómo es la ley: la historia se la queda el que la escribe. Lo aclaro por el riesgo de tropezar con alguna imprecisión, involuntaria por supuesto, y que otro más entendido –no es difícil, por cierto: del asunto ignoro casi todo y el “casi” es lo que, a continuación, toco de oído– impugne desde su idoneidad algún un error; pero no me arrugo.
Digamos que me lo contó una tarde, en el patio de la casa de Chalo, y que lo hizo para fumarse un negro y que yo le convidara con mate; o para distraerme porque, si no me equivoco, me había apartado para leer, sin interrupciones, “La muerte y la niña”. La causa, entonces, es superflua y, a él, para negarle una identidad más sólida, lo llamaré Luis y alcanzará con agregar que es mi cuñado…”
El plagio (Revista eÑe –España-) Un intento de abordar al otro, a lo desconocido… plagiando: “Cargado con sus hombres, todavía más extraños con esa imposible expresión satisfecha en los rostros, el bote oscilaba junto a la carabela inmóvil. Demorada, la oscuridad se iba condensando en un bostezo de noche. Recortada tras el esquife, la luna era un grumo impasible velando el vaivén de las olas. Él, ejerciendo su derecho, se apresuró a trepar hasta el navío porque el júbilo, la alegría grosera de la tripulación le parecía irracional, de una irresponsabilidad sediciosa. A pesar de que en torno, en la cubierta, se palpitaba la fiesta, el vino viril de las sierras y las canciones que recordarían lo que el mar, tanto mar, alejaba, caminó con determinación a refugiarse en la cabina. Del castillo de popa, le llegó la voz exultante del escribano que, repitiendo su nombre, intentaba detenerlo. Cerrando con un golpe el portillo, permaneció a oscuras, respirando aquel olor próximo, familiar: el de sus libros y sus ropas, el de su cuerpo ansioso que, por días y noches había encontrado allí, un hogar, una patria…”

Sobre la editorial

El ombú bonsai, está integrado por Rodrigo Castillo, Rafael Carlucci y por mí, Nicolás Manzi.
A nuestras ediciones las llamamos ediciones de libros artesanales. ¿Y en qué medida puede un libro ser artesanal? Aprendimos a encuadernar, quizás sin poder recuperar toda la tradición y la cultura de los materiales de la encuadernación, sí remedando en algún modo sus pasos, pero siempre intentando obtener un producto que llame la atención por su singularidad, y claro, por su belleza. Aprender a encuadernar tiene que ver con la convicción de que hay tradiciones que deben ser recuperadas, lo que llamo la razón idílica. Después también está el hecho de que considero importante aprender un oficio, a trabajar con las manos, lo que tuve que llamar la razón práctica.
 
El impulso se dio en el año 2008, cuando me instalé nueva y definitivamente en Rosario. Había compuesto un año antes una colección de limericks que llamé Minga! y que quería trazar un mapa pampeano. La fascinación de la pampa, del desierto infinito cuyo paisaje cambió la agricultura, me pareció un tema ineludible para quien toma “la decisión” de dejar de girar e instalarse. Traía este tema un mito originario, el hecho histórico más relevante y que marca el final de un siglo y el comienzo de otro: la llegada de la inmigración a nuestra zona.

Minga! fue la gran excusa para ponerme a encuadernar. Los versitos no importaban, importaba el hecho de ponerse manos a la obra. Tengo que nombrar ese hecho porque es la prehistoria de la editorial. Este año hemos crecido, podemos decir que comenzó la historia. Nuestra línea de publicaciones está en formación, pero por cuestiones de afinidades (los miembros del grupo frecuenta la Facultad de Humanidades) estamos concentrados en literatura y filosofía. 

Al hacer los libros manualmente (lo que, creemos, le da un plus al objeto libro, algo que para nosotros fue siempre objeto de fascinación, fuente de placeres y cuidados) no podemos plantear tiradas demasiado grandes, no digamos industriales; por esto ponemos el acento en el hecho de que hacemos tiradas mínimas y hemos encontrado el modo poder hacerlo. Hemos hecho tiradas de 30 ejemplares así como de 200 (lo que nosotros llamamos tirada grande).

Esto nos da la posibilidad a su vez de ir mejorando libro a libro: un error que en una tirada de 20 ejemplares no había sido visto, puede ser evitado en una segunda tirada de 30. También este hecho nos permite no llenarnos de papel que no sepamos que a corto plazo no vayamos a vender. Pero sí es de recalcar que, al tener tiradas tan mínimas, logramos que cada libro sea único, que no tenga otro igual: para esto trabajamos con papeles que nosotros mismos procesamos con técnicas como marmolado o teñido. Nunca se obtienen dos papeles iguales en este proceso, lo que nos permite que lo que conseguimos sea más parecido a una obra de arte, desde el punto de vista de lo singular. Pero bien, no nos consideramos artistas, pero sí artesanos (casi en un sentido medieval).
El resultado final son libros de tapa dura, en cartoné.

Cada libro es único. El proyecto tomó impulso también con la accesibilidad a los libros informáticos. ¿Quién se atreve a leer un libro en la pantalla de una computadora? Y actualmente ¿qué no se consigue a través de la web? Hablamos de libros que pertenecen a la memoria colectiva, clásicos universales, libros que no ¿gozan? de derechos de autor. Libros que apenas se consiguen en librerías (llenas de nuevos libros y más libros y más libros, todos los días nuevos libros, ahora que hay más escritores que lectores), o libros que sí se consiguen, pero que valen más de lo que cuestan, libros libros. Libros en lengua original, que no llegan a nuestro país, o que llegan a un precio irrisorio para nuestro pesificados bolsillos.

Nosotros, que amamos los libros, decidimos que mucha gente más pueda tener acceso a ellos. Pero como no ofertamos (al no tener capacidad operativa, hacer un libro nos lleva varios días), trabajamos entonces a pedido. Nuestro modus operandi es a través de la gente que conocemos, un círculo que confiamos que se irá agrandando a medida de que nuestro trabajo sea bueno, y creemos que lo es. Y a través de las redes sociales de internet, donde podemos mostrar por fotos nuestros “logros”.

En el balance de nuestro primer año figuran los siguientes títulos: Escatografía de Gonzalo Quevedo (el resultado de una escritura experimental del que hicimos 30 ejemplares, todos en posesión del autor), Se nos cayó el sistema de Quique de María (una serie de cuentos, por el autor llamados “humorísticos”, en los que retrata la vida cotidiana sin dejar de atravesar los “grandes temas”: la vida, el amor, la muerte; de este libro hicimos una tirada de 200 ejemplares más una reimpresión de 50).  

Uno de los trabajos más importante que hicimos en 2010 fue la encuadernación en rústica del Cuaderno del militante, una serie de textos compilados por especialistas y gente vinculada a la Biblioteca Pocho Lepratti (trabajo en el que recibimos la ayuda de nuestro amigo Diego Koffman). Como el título del libro sugiere, para nosotros fue un trabajo de militancia porque nos sentimos identificados con lo que propone este grupo. A su vez significó poder volver a trabajar con dos amigas, Sabrina Gullino y Jimena Esborraz, que son comunicadoras, diseñadoras y animadoras, que llevan a cabo un trabajo intenso y ejemplar. Sabrina fue una gran impulsora del ombú en 2008, ella diseñó el logo que tanto nos gusta mostrar.

Para el 2011 ya tenemos proyectos y realidades. Además de la reimpresión de Cuentos que soñaron con tapas, ya estamos trabajando en Avión de sopa, de Martín Donatti, una novela de aprendizaje ambientada en Venado Tuerto, que presenta una crítica muy fuerte hacia la sociedad conformista y conservadora tan común en los pueblos del interior; y otro libro que es casi un hecho (ya se gestionó ISBN y todo) es un libro de poesía: Góndola, de Andrea Ocampo, que confiamos será un best seller.
 
Y estamos en diálogo concreto con otros autores de renombre, pero que sobre todo consideramos amigos y cercanos al proyecto.