miércoles, 11 de mayo de 2011

Yo necesito

Yo necesito
Hay personas que fuman y otras que beben. Hay quienes se desesperan si no tienen, al acabar la cena, enroscado entre los dedos un cigarrillo. Otros, que han perdido el cabello por quedarse sin un vaso de doble wisky, u otro energizante parecido, una tarde de domingo y el super sin luz y con la reja. Los comprendo porque soy de ambos tipos. Hay también, personas que necesitan hablar y otras que necesitan querer o ser queridos. Hay los que toman diuréticos, insulina, anticonceptivos. Hay compulsivos a actualizar su facebook y descargar los power point que les mandan los amigos. Otros que miran películas. Hay gordos bautizados y otros anónimos, parientes no todos de los alcohólicos mentados algunos renglones más arriba. Hay comedores de pastillas de eucalipto, hay cristianos y judíos. Hay quienes consideran que algún dios puede salvarnos, tal vez el de la rima o el de las energías alternativas. Hay gente pa´ todo, como profetizaba el catalán, y entre tantos especímenes, tal vez alguno que quiera conseguir este libro.
A esos pocos, pero privilegiados, no tienen más que mandarle un mail al Ombú o a Nico (nicomanzi@gmail.com). Poner en campo asunto, “Cuentos que soñaron con tapas” y, para los que son de la tribu, agreguen “el libro del Fede”, en lugar del frío y enfático Ferroggiaro, Federico.  

martes, 10 de mayo de 2011

Nueva reseña de los cuentos que soñaron, etc.

Gracias Julieta.

Las historias del escribidor


Desde el título, Cuentos que soñaron tapas sugiere relatos de modestas intenciones. Sin embargo, el volumen gestado por Federico Ferroggiaro (Rosario, 1976) y recientemente publicado por la editorial rosarina El Ombú Bonsai, da muestras de una gran madurez literaria que en nada coincide con tal impresión.

miércoles, 16 de marzo de 2011

La primera crítica

Beatriz Vignoli, en el Rosario 12 del 16/03/2011, nos brinda la primera reseña que nos baña de optimismo. Gracias Beatriz!!!
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-27847-2011-03-16.html

viernes, 11 de marzo de 2011

En el horno

Así son los sueños de los cuentos que sueñan con tapas.
Nos metemos en la cocina -artesanal- del Ombú Bonsai para ver el proceso productivo -qué frase poco literaria- de los libros.
Bienvenidos...

Todo bien casero... ¡como las pastas de mamá!

martes, 1 de marzo de 2011

Sobre el libro

“Cuentos que soñaron con tapas” reúne seis relatos escritos entre 2004 y 2009. Si existe entre ellos alguna característica en común, es la de haber sido destacados en algún certamen literario o publicados en revistas que no circulan dentro del mercado local. Por lo demás, tanto en lo formal como en lo temático, los relatos son independientes y sin otra coincidencia que compartir la pluma (el teclado) del autor.
Los mismos se encuentran encabezados por unas “Palabritas introductorias” que pretenden dar cuenta del proceso de gestación y de los motivos que llevaron a su reunión en este volumen. Podría afirmarse, aunque con riesgo de error, que estas “Palabritas…” constituyen el séptimo relato, la yapa que acompaña a los cuentos.
A pesar de los requerimientos (nunca expresados, pero sí reiterativamente imaginados por el autor) de múltiples editoriales nacionales y extranjeras de adquirir los derechos sobre los cuentos y publicarlos, preferí que los “Cuentos que soñaron tapas" sean editados por “El ombú bonsai”, floreciente editorial local impulsada por Nicolás Manzi. La elección, que todavía juzgo acertada, se debió a que cada libro se realiza de forma artesanal y adquiere, como objeto-en-sí, un valor que supera al precio que se cobra para que el lector pueda acceder a él.

Sobre los algunos cuentos que soñaron...

Algunos de los cuentos que integran este conjunto son:

Luz (Revista Axolotl Nro. 20) – Así comienza: “El rectángulo de luz amarilla y tu silueta recortada. Allí, en la cavidad, en el paréntesis que abre y cierra el marco de la puerta. Te alzás el cabello estirándolo, despreocupada, para amarrarlo después, tras la nuca, y acariciarlo una vez más antes de seguir, desnuda, camino al baño. Admiro absorto tu cintura, el encanto de las curvas pronunciadas, la preciosa redondez de tus glúteos. Yo venía de un entresueño de brumas y niebla, escapaba. Todo para verte un instante allí, extática, y luego desaparecer, despacio, por el corredor que lleva a las otras dependencias: al estudio, al comedor, al balcón sin cortinas que mira a la calle…”

        No entres por el sesgo (Revista El Anillo Invisible Nro. 10) Una historia hípica -no épica- narrada por mi cuñado puede servir para disimular el vacío de inspiración: “La historia no es mía, pero supongo que no importa porque ya sabemos cómo es la ley: la historia se la queda el que la escribe. Lo aclaro por el riesgo de tropezar con alguna imprecisión, involuntaria por supuesto, y que otro más entendido –no es difícil, por cierto: del asunto ignoro casi todo y el “casi” es lo que, a continuación, toco de oído– impugne desde su idoneidad algún un error; pero no me arrugo.
Digamos que me lo contó una tarde, en el patio de la casa de Chalo, y que lo hizo para fumarse un negro y que yo le convidara con mate; o para distraerme porque, si no me equivoco, me había apartado para leer, sin interrupciones, “La muerte y la niña”. La causa, entonces, es superflua y, a él, para negarle una identidad más sólida, lo llamaré Luis y alcanzará con agregar que es mi cuñado…”
El plagio (Revista eÑe –España-) Un intento de abordar al otro, a lo desconocido… plagiando: “Cargado con sus hombres, todavía más extraños con esa imposible expresión satisfecha en los rostros, el bote oscilaba junto a la carabela inmóvil. Demorada, la oscuridad se iba condensando en un bostezo de noche. Recortada tras el esquife, la luna era un grumo impasible velando el vaivén de las olas. Él, ejerciendo su derecho, se apresuró a trepar hasta el navío porque el júbilo, la alegría grosera de la tripulación le parecía irracional, de una irresponsabilidad sediciosa. A pesar de que en torno, en la cubierta, se palpitaba la fiesta, el vino viril de las sierras y las canciones que recordarían lo que el mar, tanto mar, alejaba, caminó con determinación a refugiarse en la cabina. Del castillo de popa, le llegó la voz exultante del escribano que, repitiendo su nombre, intentaba detenerlo. Cerrando con un golpe el portillo, permaneció a oscuras, respirando aquel olor próximo, familiar: el de sus libros y sus ropas, el de su cuerpo ansioso que, por días y noches había encontrado allí, un hogar, una patria…”