Haciendo intertexto con el blog En-clave literari@ nos preguntamos por los libros del año:
http://blogs.infobae.com/en-clave-literaria/2014/03/03/cual-es-el-libro-del-ano/
lunes, 3 de marzo de 2014
domingo, 16 de febrero de 2014
Justo ahora
Gracias a Sebastián Trillini, el relato Justo ahora presente en ¿Cómo acabar con la cultura?
Para leerlo, clic en:
http://acabarconlacultura.com.ar/?p=664
Para leerlo, clic en:
http://acabarconlacultura.com.ar/?p=664
miércoles, 12 de febrero de 2014
Guerra contra el tiempo
Se tiende a juzgar
que es una imprudencia pero claro, cualquiera puede opinar desde afuera con esa
ligereza. Yo también, incluso, me pensé que se trataba de un instinto homicida
reprimido o del rebrote de un impulso suicida. Nada de eso: están corriendo
contra el tiempo y cada segundo cuenta como una píldora del antídoto contra la fatalidad. A todos
nos indigna ver, más en alguna de las arterias principales o en los horarios
pico, un coche del transporte público acelerando como un fórmula 1 en la recta
final. O, desde otra perspectiva, encontrándonos dentro en calidad de pasajeros,
nos hemos sacudido y manifestado nuestra furia, por una frenada bestial que nos
hizo perder pie o golpear las costillas contra la férrea musculatura de un anónimo
compañero de viaje. Hemos dicho, exteriorizándolo, o bien, los tímidos, para
nuestro fuero interno: ¿hace falta ir a esa velocidad? ¿no ve todas las
personas que expone, sin necesidad, a un riesgo muchas veces mortal?
Ahí está el error de confundir, por
ignorancia, la responsabilidad o el celo profesional con la temeridad de los
imprudentes. Pablo Campas, vecino de La Sexta, hipertenso, diabético, depresivo
y misántropo, jubilado anticipadamente a los 45 años, aproximadamente, aseguraba
que la batalla nunca es proporcionada y que aquello que se ve en el macrocentro
es el nada por ciento de lo que ocurre en los barrios. Las máquinas de los
coches están programadas para que el recorrido se cumpla en una cantidad exacta
de horas y minutos, y las violaciones, las demoras, cuestan caro porque traen
consecuencias. No a los usuarios, ni siquiera a los choferes, aunque
indirectamente ellos sufran los daños. Son las unidades, los colectivos, los
que tras incumplir las exigencias del cronómetro empiezan a deteriorarse, a
veces vertiginosamente. Todo depende de la gravedad de la tardanza, por
supuesto, porque unos segundos de exceso son inofensivos pero, ya al minuto, el
perjuicio se manifiesta, se torna evidente para los ojos atentos. Se desprende
un guardabarros, o bien se afloja el paragolpes, o se rompen algunos asientos, o
las luces traseras enloquecen hasta que se queman.
Por eso el apuro: los semáforos
cruzados en rojo, las bocinas calientes, la puteada contra el dominguero o el
ciclista, el grupo de émulos de los nazis que quedan desahuciados en las
paradas, levantando el brazo mientras maldicen al ídolo que se fuga. Por eso,
claro, por eso los frenazos bruscos, los cordonazos, las curvas subiendo a la
vereda y el frenesí que electriza cuando el visor de la computadora de a bordo
marca un número precedido por el signo menos, la indudable señal de que se está
en falta. Por eso: porque el tiempo sigue su marcha inexorable y hay que
acortar los lapsos, disputar los instantes como si fueran los decisivos y transgredir
cada norma de tránsito
que entorpezca la eficacia, el cumplimiento porque, como reza el refrán: en la
guerra cualquier hoyo es trinchera.
Los investigadores del CONICET
advierten que, hasta que las carroceras locales no utilicen materiales más
sólidos en los chasis, las unidades de transporte público de pasajeros seguirán
sufriendo el desgaste y la ruina que provoca el transcurrir del tiempo. Como
son científicos, es claro, solamente se expiden sin explicar demasiado la
cuestión de fondo a la que sus conclusiones refieren. Algunos vecinos y las
víctimas de los accidentes, en cambio, creen que si las máquinas se programaran
extendiendo la duración de los recorridos, tal vez los conductores no necesiten
recurrir a un modo de manejar que despierta tantas suspicacias como odios y
desgracias entre peatones, pasajeros y ciclistas.
Sin
embargo, me quedo con el testimonio de Pablo Campas, dicho sólo para mí, en su
patio con níspero y dos perros sin raza.
─Yo
he visto a mi coche, el 25 de la línea 107 roja, abandonado en el playón,
crujir con un rugido inclemente y derrumbarse─ dice, recordando la jornada gris
en que hombre y vehículo quedaron emboscados frente a la sede de la
Gobernación, por un piquete que montaron los empleados de ATE─. Fue la media hora
más dramática de mi vida. Entre la bronca y la incomprensión de la gente, el
fervor de los manifestantes y el humo de los neumáticos en llamas, me torturaba
y sufría anticipando la inminencia de la desgracia. Al
terminar mi turno me dirigí al galpón, ya escuchaba en el motor, en los fierros,
en cada tornillo, los redobles de la agonía. Llegué a bajarme y correr, antes de que
ocurriera la
catástrofe. Murió en mis brazos, casi, y después yo ya no
pude ser el mismo.
Federico Ferroggiaro
domingo, 2 de febrero de 2014
Relaciones pasajeras
Comparto un relato que recibió en 2013 una mención en el Concurso Literario Vicentin 2013.
Se puede leer desde acá: http://vicentinsaic.blogspot.com.ar/
Acá está la pista de pantinaje que cita el cuento:
Se puede leer desde acá: http://vicentinsaic.blogspot.com.ar/
Acá está la pista de pantinaje que cita el cuento:
viernes, 31 de enero de 2014
Grampa Yon
Un relato que soñó con tapa y logró su anhelo, alterado: la contratapa del Señales del domingo 26-1-2014.
Grampa Yon
Grampa Yon
Cuando papá tuvo su
primer infarto, mamá dispuso que nos cuidara Grampa Yon. Hasta entonces él
había sido una presencia difusa, una referencia negativa, la summa de los
defectos y los disvalores.
Sólo lo veíamos en Navidad, para los
cumpleaños y el Día de Gracias, fiesta que acá no celebraba nadie que yo
conociera. Digo bien: veíamos, porque él se instalaba en su silla y se dedicaba
a beber en silencio generosas cantidades de cerveza. No hacía otra cosa, y si
algún comensal lo impelía a hablar, buscaba la aprobación de mamá, para luego,
en una jerga odiosa, soltar un parlamento confuso que clausuraba la charla.
Yo me negué. Le dije que tenía
catorce años y podía cuidarme solo, y que Mariel me haría caso. Ella no iba a
discutir: durante el día no había problemas, pero de noche, mientras ella hacía
guardia en el sanatorio, nos acompañaría un adulto: Grampa Yon. Me consta que
lo convenció apelando a la lástima, las lágrimas y los ruegos. Escuché, escondido,
su súplica y el reproche: you can´t be so selfish, dad! y la subsiguiente
explicación sobre los horarios y tareas. Lo había conseguido, mamá, y no
reflexionaría si era o no la mejor idea.
Grampa Yon llegó puntual
con un bolsito azul y dos latas: una de corned beef y otra de arvejas. La cena,
supimos al rato, y el menú se repitió durante los siete días que duró su
tutela.
─Anda,
muchacho, búscame el whisky que no sé dónde lo esconde tu padre.
─Yo
tampoco sé… ─mentí para cumplir las instrucciones de mamá.
Resopló,
el viejo, y se tumbó sobre la mesa a observarnos jugar al Scrabble. Al rato
roncaba, y nos fuimos a dormir convencidos de que su debut sería también la
despedida.
Pero
volvió al otro día y, cuando le negué el whisky, encogió los hombros y dijo que
tenía tantas ganas de beber como cuando patrullaba en Dong Ha. Mariel picó e
inquirió: ¿dónde abuelo?, creyendo que la aclaración constaría de un par de
palabras mordidas.
─Dong
Ha, Vietnam del norte, julio del 66 ─se explayó mirándonos como si
existiéramos, como nunca lo había hecho. Desde ese instante hasta que se durmió,
habló de la selva, de la
operación Hastings , de los chicos de la Compañía H , de
emboscadas en la jungla y del olor a excrementos de las aguas. No lo
interrumpimos salvo para que tradujera los pasajes que relató en inglés.
─No sabía que el abuelo había estado
en la guerra ─dijo Mariel al ir a su cuarto.
─Yo tampoco, pero para mí que son
todas mentiras.
La
tercera noche sacó del bolsito una 45. La paseó frente a nuestra curiosidad y
la manipuló mientras explicaba sus virtudes. Mariel preguntó si había matado a
alguien. Sólo vietnamitas, dijo él y se deslizó en el asiento para tejer la
historia de sus muertos. No recuerdo los detalles, pero sí la expresión de mi
hermana siguiendo con placer ese relato que culminó con una ráfaga de M-1 y un enemigo
que caía en los arrozales. A las doce nos ordenó acostarnos y nos retiramos
procesando aquellas vívidas imágenes de fuego y sangre.
Papá
mejoraba, pero mamá estaba exhausta. Al salir de la escuela, mi hermana y yo la
esperábamos con el almuerzo para conocer las noticias de papá. Después, ella se
iba a dormir la siesta o hablaba con los parientes que estaban tan ocupados. Yo
la veía demacrada, triste, desesperada. Lo único que podía hacer era no sumar
problemas y por eso le respondí que todo marchaba bien con Grampa Yon.
Esa
noche trajo dos fotos. Una era de él, de uniforme, y en la otra se veía a un
grupo de jóvenes posando alegres con sus armas. A mí ya me aburrían sus proezas
bélicas, pero Mariel seguía fascinada. Me resigné, por ella y porque era la
primera vez que él se comportaba como un abuelo. No el de Heidi, ni como esos
que tratan de transmitir su sabiduría a los nietos. A su manera, que no era
mucho pero que resultaba mejor que observarlo embriagarse como hacía en las
fiestas. Mientras explicaba algo de la Línea McNamara , me distraje
mirando la foto del grupo de soldados. Noté que estaba adherida en un cartón y,
sin malicia, rasqué uno de los ángulos hasta levantarlo. En el reverso había un
texto impreso y deduje que se trataba de una revista. Sí, era una ilustración
de un fascículo, una imagen que había recortado para mostrarnos como prueba de
sus historias. Decepcionado, los abandoné y me refugié en mi cuarto.
La
quinta jornada la dedicó a sus heridas y presentó dos cicatrices feroces. La
primera le cruzaba el vientre mientras que, la otra, estaba en la espalda, a la
altura de los riñones. Se sabe que las heridas, todas, precisan un relato.
Grampa quería contarnos los dos y ambos incluían Bell UH-1, Charlies saliendo
de los túneles, explosiones y gritos de compañeros atravesados por las balas.
Era
sábado cuando mamá quedó a solas conmigo y su cansancio recibía el estímulo de la esperanza. Papá
había salido de terapia y se recuperaba. Su optimismo me autorizaba a
interrogarla.
─Grampa
Yon, ¿estuvo en Vietnam?
─No
me hables de eso ─ dijo y me dio la espalda.
─¿Por
qué?
─Nada,
odio ese tema.
─Está
bien, pero decime si al abuelo lo operaron de algo
─Apendicitis
y cálculos renales ─me informó poniéndose de pie para marcharse.
Por
la noche, Grampa Yon miró con nosotros una película. Se durmió antes del final
y Mariel lamentó haber desperdiciado la velada con Cine de superacción de Canal
5. A la siguiente, para resarcirnos, habló de la condecoración que le había
entregado el presidente Jhonson. La estrella de plata, dijo, un honor… vengan a
casa si quieren verla. Yo había estado allí dos veces: una cueva oscura al
final de un pasillo donde vivía rodeado de trastos y muebles, una pocilga que
mamá había intentado vaciar y limpiar, sin éxito.
Y
fui, no para resolver una duda si no para que se avergonzara de sus mentiras. Aguanté
a que papá estuviera en casa, a que la calma hubiera regresado a la familia. Al
salir de la escuela, me dirigí a la calle donde recordaba la puerta despintada
del pasillo del abuelo. Toqué timbre y aguardé, oyendo el sonido de sus pasos en
el corredor.
─Vine
a ver la Estrella de Plata.
─¿Para
qué querés ver algo que pensás que no existe?
─Para
ver si es verdad ─arriesgué enfrentando sus ojos, sus arrugas, la brutal
indiferencia con que empezó a cerrar la puerta en mi cara.
─Verdad
o no yo ya cumplí, los cuidé siete noches así que dejame tranquilo ─me ordenó,
y aunque volvió el Día de Gracias, en Navidad y a los cumpleaños, no nombró la
guerra, ni sus heridas, ni la Estrella de Plata que mamá no encontró el día
que, pocos años después, consiguió ir sin que él pudiera oponerse, a dejar su
casa vacía y limpia.
miércoles, 11 de mayo de 2011
Yo necesito
Yo necesito
Hay personas que fuman y otras que beben. Hay quienes se desesperan si no tienen, al acabar la cena, enroscado entre los dedos un cigarrillo. Otros, que han perdido el cabello por quedarse sin un vaso de doble wisky, u otro energizante parecido, una tarde de domingo y el super sin luz y con la reja. Los comprendo porque soy de ambos tipos. Hay también, personas que necesitan hablar y otras que necesitan querer o ser queridos. Hay los que toman diuréticos, insulina, anticonceptivos. Hay compulsivos a actualizar su facebook y descargar los power point que les mandan los amigos. Otros que miran películas. Hay gordos bautizados y otros anónimos, parientes no todos de los alcohólicos mentados algunos renglones más arriba. Hay comedores de pastillas de eucalipto, hay cristianos y judíos. Hay quienes consideran que algún dios puede salvarnos, tal vez el de la rima o el de las energías alternativas. Hay gente pa´ todo, como profetizaba el catalán, y entre tantos especímenes, tal vez alguno que quiera conseguir este libro.
A esos pocos, pero privilegiados, no tienen más que mandarle un mail al Ombú o a Nico (nicomanzi@gmail.com). Poner en campo asunto, “Cuentos que soñaron con tapas” y, para los que son de la tribu, agreguen “el libro del Fede”, en lugar del frío y enfático Ferroggiaro, Federico.
martes, 10 de mayo de 2011
Nueva reseña de los cuentos que soñaron, etc.
Gracias Julieta.
Las historias del escribidor
Desde el título, Cuentos que soñaron tapas sugiere relatos de modestas intenciones. Sin embargo, el volumen gestado por Federico Ferroggiaro (Rosario, 1976) y recientemente publicado por la editorial rosarina El Ombú Bonsai, da muestras de una gran madurez literaria que en nada coincide con tal impresión.
Etiquetas:
Ferroggiaro,
La Capital,
Tonello
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